Me acabo de despertar sudando y hecho un asco. Hacía mucho tiempo que no tenía una resaca tan importante: Immportante por sus efectos e importante por lo que, o mejor dicho, quien la produjo.
Todo empezó hace 4 meses cuando a mi hermana y a mí nos llegó una invitación para una boda, en esta ocasión se casaban Edu, el mejor amigo gay de la chica que ocupó el vientre de mi madre 11 meses después de que yo lo abandonara y Miguel… mi Miguel. Mi Miguel es ese chico que conocí hace dos años cuando la relación entre mi hermana y su marica de confianza empezó a fraguarse en unas clases de maquillaje. Miki y yo íbamos siempre a buscarlos a la salida y ellos siempre nos hacían esperar. Un día en una de las esperas le propuse a Maikel ir a tomarnos un birra al bar de al lado de la academia de “marimaquillaje” que es como yo había bautizado el lugar de estudio al que acudían mi chica favorita y su hoy marido y por entonces novio; el accedió encantado y su sonrisa tímida pero segura de sí mismo me encantó… Después descubriría que su sentido de la nobleza, su exquisita educación medio francesa, medio española y su 1,90 también me encantarían, además de su sentido del humor, su forma de entender la amistad y su chulería y coraje en los momentos adecuados.
En la primera conversación sólo hablamos de cine, de series de tv, de libros… y de mi hermana a la que el adora porque según me dijo (y está en lo cierto) “Es una chica de las que ya no quedan, es todo corazón”. Esa observación me alcanzó como una bala alcanza a un cervatillo inocente que piensa que nunca le van a cazar. El hecho de que alguien quiera a mi hermana ya me parece importante pero que además sepa ver su corazón y apreciar las cosas que yo más aprecio de ella me lo parece aún más.
En la segunda cita, la conversación versó sobre su relación de pareja y sus comienzos: Edu y él se conocieron en la playa. Por aquel entonces Miguel estudiaba medicina y Edu hacía un curso de diseño de moda que nunca terminó. Si por algo el marido de Mike hace migas con mi hermana es por la cualidad que comparten ambos de ser culos inquietos, el chiste es muy fácil pero va en serio, ambos dos son especialistas en empezar cosas que nunca acaban. A Miguel le gustó lo gracioso y andaluz que es Edu y lo despreocupado que es con todo, a Edu no sé qué es exactamente lo que le gustó de mi compañero de birras pero me lo puedo imaginar perfectamente. De aquello, me comentó, hacía cuatro años y se estaban planteando el matrimonio. Yo por mi parte le hablé sobre mi permanente soltería y él se limitaba a asentir y a sonreír.
Pasaron un par de meses y mi hermana de mi alma y “el otro” terminaron el curso. Para celebrarlo iban a hacer una fiesta “sólo con la gente de la clase” a la que los novios y por añadido los hermanos no podíamos ir. Recuerdo la pena que me dio pensar que ya no habría más cervezas con “Mi franchute”… qué equivocado estaba…
El día de la cena de fin de curso recibí una llamada, era Mike que me proponía salir a cenar y a tomar unas copas para que hiciéramos una fiesta paralela a la de los maquilladores titulados, yo acepté sin ninguna duda y me puse guapísimo. No soy ningún alma cándida y no voy a negar que supiera que estaba jugando con fuego pero en estas ocasiones suelo no pensar y me dispuse sin titubear a acudir a mi cena. Antes de salir mi hermana que llevaba ya mucho tiempo callada me susurró un pequeño comentario mientras se pintaba los ojos: “No sé qué rollo te traes con Miguel, ni quiero saberlo pero ten cuidado porque ese perro ya tiene dueño”, yo me limité a contestarle que estaba loca, que era una retorcida y que blablablá…
La cena fue perfecta, el sitio era el adecuado, la comida estaba deliciosa y él iba guapísimo y olía como huelen los príncipes de los cuentos… Desde nuestra mesa se podía ver el mar y no hubo silencios incómodos, sólo risas cómodas y miradas cómplices.
Cuando acabamos de cenar me dijo que si quería que me acercara a casa porque me veía un poco borracho, yo le dije que nones que yo iba a seguir la fiesta como Dios manda solo o con algún amigo que hubiera salido. Recuerdo que me dijo medio en broma que ni se me ocurriera “engañarle con otro”… y se fue.., y cinco minutos después me llamó al móvil y me dijo que se había dado la vuelta y que el también iba a seguir… y acabamos en su casa.
Desde entonces nos hemos visto de vez en cuando: Alguna guardia que se inventaba para pasar la noche fuera de casa, algún fin de semana que Edu se iba a Sevilla a ver a su familia y algún rato que se saca de donde se puede.
La boda fue preciosa, mi hermana iba súper preciosa con una flor en el pelo y su maravillosa barriga de cinco meses y medio, lloramos los dos, evidentemente por motivos diferentes. Cuando ella se percató de mi pena me tomó la mano, me la puso en su barriga y me dijo: “ No llores que se va a poner triste tu sobrina”. Podría haber dicho “Te lo dije” pero ella no es así, ella como dijo Miguel, es todo corazón.
En el convite, veintiséis copas después tuve un momento buscado con el médico casado. En los servicios del exagerado hotel donde estábamos celebrando el enlace y bajo los efectos del vino, vodka, ron y otros licores del montón le pregunté casi sin poder hablar coherentemente que por qué no se había quedado conmigo, como respuesta sólo un beso (el último me he prometido) y una frase “Demasiado complicado, mon ami, demasiado complicado”.
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Hoy con un dolor de cabeza de mil pares de cojones y una depresión química de elefante compruebo que mi dedo anular sigue desnudo y mi corazón sin inquilino. Voy a llamar a mi hermana para ir a la playa: Las olas del mar y el tacto de su barriga no me pondrán una alianza pero me darán ilusión y mucho, mucho, mucho amor, esa medicina que no supo recetarme mi médico.
